20 Grandeza y Miseria en Andalucía. La sociedad marginada en la Andalucía de los siglos XVI y XVII

31,00

 LEÓN, Pedro de

ISBN: 84-85653-44-0  
Fecha de publicación: 1981
629 págs. 
Dimensiones: 170 x 240 mm. 
Peso: 1171 g 
Tapa Blanda
Materias: Teología

Descripción

Lector, tienes entre tus manos una obra rescatada del olvido en que estuvo sepultada durante siglos, no por culpas propias, no por falta de interés o amenidad, sino por esa censura interna o autocensura que muchas veces es más rigurosa que la censura oficial. Suele decirse que los españoles hemos cultivado poco el género de memorias personales, y ello es cierto si establecemos la comparación con los franceses, maestros del género; pero no son tan escasas entre nosotros esas producciones, de tanto más valor para el historiador cuando menos ha pensado el autor en la publicidad. Esas impresiones, reflexiones o recuerdos que un contemporáneo de los acontecimientos va anotando para su propio deleite y el de algunos amigos íntimos ( algunas veces, también, para expeler su bilis, todo hay que decirlo) tienen el inmenso valor de la espontaneidad y la siriceridad sobre todo en épocas de agobiante presión social y política.
Pensemos en los avatares póstumos de los DIARIOS de Jovellanos, en el supremo interés de las MEMORIAS de Matías de Novoa, verdadero OBJETIVO INDISCRETO, enfocado sobre las interioridades de la corte de Felipe IV, en los tremendos disgustos que causó al padre Mariana el descubrimiento de los papeles en los que había volcado sus meditaciones sobre los defectos de la Compañía. La obra del P. Pedro de León pertenece a esa literatura semiclandestina, y hoy, al apreciar la crudeza de su contenido y la libertad de sus apreciaciones, nos explicamos que no estuviera destinada a la publicidad, y que, incLuso su uso interno estuviera sometido a severas restricciones.
El P. Pedro de León perteneció a aquellas primeras promociones de jesuitas, que fueron, sin duda, las más valiosas. Representaban lo mejor, el fruto más maduro de aquel ambiente de exaltación religiosa que vivió España en el transcurso del siglo XVI.
La Compañía de Jesús fue una verdadera revolución en el seno de la Iglesia Católica; rompió con normas seculares, implantó un nuevo estilo en la clerecía regular que combinaba la búsqueda de la propia perfección con una intensa acción social utilizando métodos inéditos, adecuados a los nuevos tiempos, y esta acción la abordó desde ángulos diversos, mediante una actividad intensa y multiforme que solo podía ser llevada a cabo tendiendo hasta el límite las fuerzas de los dos millares de personas que constituían la escasa nómina de los jesuitas peninsulares.
Entre estos frentes de acción hubo dos que cultivaron con predilección; tareas muy diversas y complementarias qiw demuestran la ambición de la Compañía de abarcar toda la gama social: la formación de ÉLITES en los colegios y la misión popular, dirigida a todos, y con predile-cción a los más necesitados de apoyo, a los pobres, a los ignorantes, a los criminales, a los marginados.
El P. León fue nombrado, ya en edad avanzada, rector del colegio de Cádiz; nada sabemos de esta última fase de su actividad, que debió ser una especie de retiro honorable, sin nada de especial mención.
Lo que sabemos de su carácter nos induce a creer que sólo por obediencia aceptó ese cargo. La verdadera vocación del P. León era la actividad misionera, que en adelante practicarían los jesuitas hasta su extinción como una de las principales finalidades de la Orden.
Entre el P. Pedro de León y el P. Calatayud, blanco de las iras de los ministros de Carlos III, hay un nutrido elenco de misioneros jesuitas que están pidiendo a voces un historiador que trace, no una serie de biografías edificantes (de ese género ya tenemos muchas), sino un bosquejo global de aquel tipo de actividad religiosa.
No tuvieron las misiones del P. León el carácter teatral de otras. En ninguna parte nos habla de grandes muchedumbres congregadas en las ciudades, procesiones multitudinarias, gestos espectaculares; fueron su escenario predilecto, lo mismo que los hombres humildes, las tierras humildes, escondidas, olvidadas: las Alpujarras granadinas, que acababan de vivir una enorme tragedia humana; el Andévalo onubense, cuyos habitantes, a dos pasos de la urbe hispalense, vivían en tal rusticidad «que no se trabaja poco en entenderlos», las pesquerías de atún, frecuentadas por el hampa más desgarrada. No faltaron al Padre altas amistades, empezando por el propio duque de Medina Sidonia.
Pero cuando actuaba en las ciudades en vez de las misiones públicas prefería la labor callada cerca de las clases más desvalidas y margina.das, incluyendo la más baja de todas: la formada por aquellos que por culpas propias, por adversas fortunas o por el rigor de una justicia inclemente y clasista penaban en las cárceles, remaban en las galeras o terminaban su vida en público cadalso. El hampa y la picaresca no fueron invenciones de los literatos del Siglo de Oro; fueron realidades, fue el envés de una cara brillante, el subproducto de una civilización urbana, precapitalista, refinada que t1.lvo en la Andalucía Baja, sobre todo en la imperial Sevilla, su escenario más notorio. Después de haber trabajado largo tiempo sobre los datos poco fiables que nos proporcionan los escritos literarios, los investigadores hoy se dirigen a los archivos para estudiar el mundo (el inframundo) de la delincuencia. Son extranjeros la mayoría de los que están abriendo este nuevo frente de la investigación: Thompson, Weisser, Kamen … Los datos que hallan son de alto interés, pero carentes de calor humano; con ellos se pueclen hacer estadísticas, curvas, pero no se pueden establecer motivaciones ni adivinar la fisonomía moral de los condenados En este aspecto la obra entera del P. León es de subido valor, casi única en este terreno. El ápice del interés se centra en la nómina de ajusticiados por la justicia real de Sevilla entre fines del XVI y comienzw del XVII. Es una colección bastante amplia, una muestra muy variada de semblanzas vigorosamente delineadas que van desde el criminal empedernido al inocente víctima de un sistema procesal injusto. No puede decirse que este escrito, único en su género, sea desconocido: Roclríguez Marin y Carlos Petit habían ya aprovechado la descripción que el P. León hace de la cárcel de Sevilla; el autor de este prólogo aprovechó las memorias del Padre y contribuyó a divulgarla. El mismo Herrera Puga, en su tesis sobre SOCIEDAD y DELINCUENCIA EN EN SIGLO DE ORO, utilizó ampliamente el COMPENDIO del Padre León. Pero nos hacía falta la edición completa de la obra, al menos de su primera parte, que es la de mayor valor; y era preciso, además, aclarar los puntos dudosos que contiene, identificar los persona.jes que cita, en una palabra hacer el escrito legible y comprensible al lector actual e insertarlo en su ambiente.
Esto es lo que ha pretendido hacer el Dr. Herrera con su edición comentada y anotada, que desde hoy • será indispensal1le para todos los estudiosos de la historia social de España en especial de esta entrañable Andalucía nuestra en la que el P. León nació, vivió y laboró hasta el fin de sus días. Creo que con esta edición nw presta a todos un gran servicio, y a la vez nos da un ejemplo de cómo hacer historia, ahora que tantos confunden el quehacer histórico con la apresurada confección de unos relatos más imaginativos que reales. Larga ha sido la elaboración de este libro; larga y llena de peripecias, como una novelesca trama que tiene, por fortuna, un final feliz. La infinita paciencia y los muchos desvelos de Herrera Puga por realizar una edición correcta del manuscrito y enriquecerlo con una introducción y con numerosas notas, cuya erudición apreciará el lector, encuentran al fin su recompensa. Yo le agradezco la tarea que ha realizado, le felicito por ella y a la vez formulo un ruego: que más adelante, cuando la ocasión lo permita, nos facilite lo sustancial de la segunda y tercera partes, aun inéditas, de la obra del misionero jerezano, muy inferiores, sin duda, en interés a la primera, pero no carentes de datos y reflexiones que pueden ser aprovechables por los historiadores, por los sociólogos y aun por los simples curiosos de los misterios y recovecos del alma humana.

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